Un “buen hijo”, ha desarrollado ciertos síntomas, poco atento a que, su ansiedad, depresión, trastornos de alimentación o sueño, adicciones, pueden ser indicativos de resentimientos reprimidos e ira. En el curso de la terapia, en la medida en que se vuelve consciente del rol que ha jugado y el precio pagado por jugarlo, podrá sentirse enojado, avergonzado y resentido, en búsqueda de una venganza, aunque sea sólo fantasiosamente, aunque pudiera actuarla o incluso desplazarla hacia personas similares a los padres y hermanos. El cumplimiento de las demandas narcisistas de los padres, se encuentra en la raíz de esta variedad psicopatológica
[1]. La persona sometida, muchas veces ha sido un hijo modelo “noble”, que se ha plegado a los deseos de sus padres. Esta forma de satisfacer los deseos narcisistas de los demás, va moldeando una máscara, un falso self, con el que el sujeto aparenta “ser bueno”, porque cumple con los deseos de los demás, porque les sirve. Cuando se devela su situación de hijo sacrificado, el resentimiento no se hace esperar.
Cuando se sustituye el foco del resentimiento, el blanco de la venganza, las relaciones interpersonales se pueden complicar, pues muchos de los actos estarán en función de no “quien me la hizo, sino quien me la va a pagar”.
[1] Durham, Mary Sherrill (2000). Therapist's Encounters with Revenge & Forgiveness. London, Jessica Kingsley Publishers.